Reseña del libro “Antología Poética” de Jaime Sabines

 

Por Víctor Daniel López  < VDL >

Twitter @vicdanlop

 

 

Nuestro querido amoroso, Jaime Sabines, es uno de los más grandes poetas que ha tenido nuestro país. ¿Quién no ha declamado al ser amado en los momentos de pasión y desesperación: “No es que muera de amor, muero de ti / Muero de ti, amor, de amor de ti”? ¿Quién no ha llorado al escuchar el momento en que se le quiebra la voz al poeta en su presentación de Bellas Artes, al declamar los versos escritos a la tan querida Tía Chofi? ¿Quién no ha dicho mil y un veces, al terminar una relación amorosa, “espero curarme de ti (…) Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte”?, pues uno siente como si se estuviera saliendo de un manicomio para ir directito a parar al panteón. ¿Hay quizá alguien que no haya suspirado con “Me dueles”? ¿O sonreído con “Me encanta Dios”? ¿Quién no se ha sentido alguna vez identificado con “Los amorosos”, y al leer el poema, comprender que uno no es el único, que hay otras almas libres y solas igual por ahí perdidas en el mundo? Jaime Sabines ha sido un poeta que ha marcado un hito dentro de la poesía contemporánea de México. Es fácil leerle, pero lo es aún más conmoverse, y poeta que conmueve es poeta grande por siempre. Con él es fácil sacar la sonrisa, el suspiro, la lágrima. Sus versos son droga para el alma, la calma, la engrandece y la sana. Leer a Sabines resulta un bello viaje hacia el interior del poeta y de uno mismo (que al final todos tenemos algo de poetas). Con sus palabras uno se siente acompañado y se puede llegar a recuperar el camino que se creía perdido. Al tocar sus versos, tal y como sucede con el agua de mar, nos podemos llegar a curar.
“¡A la chingada las lágrimas!, dije
y me puse a llorar.

Antología Poética” es una compilación de Fondo de Cultura Económica que reúne por completo su obra escrita entre 1950 y 1973: “Horal”, “La señal”, “Adán y Eva”, “Tarumba”, “Diario semanario y poemas en prosa”, “Yuria”, “Maltiempo”, “Poemas sueltos” y “La muerte del Mayor Sabines”. Su poesía, a mi parecer, es para leérsele de noche, en la soledad del cuarto de uno, mientras la oscuridad atenta afuera contra la soledad, y los recuerdos en viento chocan contra las ventanas de nuestro corazón, de nuestra mente, y entonces tiemblan los sentimientos, tiembla la carne y los huesos, uno suspira y se pone a besar los labios de la palabra, succionarla, para así atrapar el alma misma de la poesía. Cae la noche, cae la vida y, acompañado de Sabines, uno se siente como reposando sobre la hierba que nos hace una cortina para mirar el mundo.

Jaime Sabines era un hombre que sabía cómo escribirle a la mujer y a los sentimientos. Le escribía al dolor, a la soledad y a la noche. A los sueños y a los recuerdos. En sus poemas escribe a los dos seres que más amó en la vida: a su padre y a su mujer, Chepita. Sabía cómo convertir en poesía la naturaleza, Dios, el mundo y la muerte. Les escribía a todos los seres, a las bestias, a las plantas; él escribía para todos los hombres. Tarumba y Yuria, dos bellos poemarios que tituló inventándose los nombres, pero refiriéndose a alguien, quizá un Dios, o un hijo, todo un pueblo, o él mismo; alguien que le generara consuelo y compañía (“Ay, Tarumba, tú ya conoces el deseo / Te jala, te arrastra, te deshace / Zumbas como un panal / Te quiebras mil y mil veces“). En Adán y Eva logra recrear el mito de aquellos personajes en un paraíso donde describe con facilidad la belleza simple de la naturaleza y lo complicado que resulta el descubrir por primera vez los sentimientos en uno (el asombro, el dolor, el cariño, la pena, el deseo, el miedo). Un resultado formidable sale de ese texto en prosa que hace el escritor chiapaneco (“el que entra con los ojos abiertos en la espesura de la noche, se pierde, es asaltado por la sombra, y nunca se sabrá nada de él, como de aquellos que el mar ha recogido.”). “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines” es el poemario con que despide a su padre, quizá el dolor más grande que sintió en toda su vida. Primero le reta a la muerte, pero al final la acepta, como el proceso más ordinario que es en sí. La abraza, la besa, se despide del Mayor con versos sublimes capaces de alzarse hasta tocar el cielo (“Del mar, también del mar / de la tela del mar que nos envuelve / de los golpes del mar y de su boca / de su vagina obscura / de su vómito / de su pureza tétrica y profunda / vienen la muerte, Dios, el aguacero / golpeando las persianas / la noche, el viento”). Cada poema en esta antología es un sentimiento, cada verso resulta una imagen. Todas sus palabras tienen vida, y respiran, nos acarician, nos consuelan, nos muerden y besan. El tiempo se detiene, las horas germinan y florece la vida.

Con todo este legado grande que nos ha dejado Sabines, yo me pregunto ¿qué putas podemos hacerYo no lo sé de cierto, pero supongo… gozarlos, bañarnos de ellos, dejar que entren por nuestros poros, corran por nuestra sangre y lleguen hasta lo más recóndito de nuestro corazón y alma. Entonces, llegaremos a sentir lo más bello que resulta de la tierra, del dolor, la alegría, el amor, la soledad, el sexo, la compasión, la alegría de estar vivos. Para que así cuando cerremos el libro y nos vayamos, lo hagamos llorando… llorando la hermosa vida.

 

 

 

EN ESTE PUEBLO

En este pueblo, Tarumba,
miro a todas las gentes todos los días.
Somos una familia de grillos.
Me canso.
Todo lo sé, lo adivino, lo siento.
Conozco los matrimonios, los adulterios,
las muertes.
Sé cuándo el poeta grillo quiere cantar,
cuándo bajan los zopilotes al mercado,
cuándo me voy a morir yo.
Sé quiénes, a qué horas, cómo lo hacen,
curarse en las cantinas,
besarse en los cines,
menstruar,
llorar, dormir, lavarse las manos.
Lo único que no sé es cuándo nos iremos,
Tarumba, por un subterráneo,
al mar.

 

YO NO LO SÉ DE CIERTO

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.

(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)

 

HORAL

El mar se mide por olas
el cielo por alas
nosotros por lágrimas

El aire descansa en las hojas
el agua en los ojos
nosotros en nada

Parece que sales y soles
nosotros y nada

 

POEMA XII (Algo sobre la muerte del Mayor Sabines)

Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.

Morir es olvidar, ser olvidado,
refugiarse desnudo en el discreto
calor de Dios, y en su cerrado
puño, crecer igual que un feto.

Morir es encenderse bocabajo
hacia el humo y el hueso y la caliza
y hacerse tierra y tierra con trabajo.

Apagarse es morir, lento y aprisa,
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza.