UN CUENTO INOLVIDABLE DE ELENA GARRO: EL DÍA QUE FUIMOS PERROS

 

Por Carla de Pedro

 

 

*Este texto es un análisis  del cuento, por lo que incluye spoilers

Elena Garro fue una excelente dramaturga y narradora, también escribió guiones cinematográficos. Dentro de la narrativa cultivó el ensayo, la novela y el cuento. Yo quisiera hablar un poco sobre su faceta como cuentista, en específico sobre el cuento: El día que fuimos perros.

En alguna ocasión, la hija de Elena Garro y Octavio Paz comentó que su papá era un gran ensayista y poeta pero que como cuentista su mamá era mejor. Yo estoy de acuerdo, me parece que los cuentos de Elena Garro pueden ser conmovedores, profundos y, como dice Julio Cortázar que debe ser un cuento, son narraciones que se abren más allá de la simple anécdota para mostrarte una realidad mucho más amplia.

La verdad es que si tuviera que hacer una lista de los cuentos que a mí me parecen inolvidables, sin duda incluiría El día que fuimos perros. El argumento del cuento es simple: dos niñas que se quedan en casa bajo el cuidado de los sirvientes mientras sus papás están de viaje, juegan a que son perros y, mientras juegan, presencian un asesinato en la calle.

 

Un elemento central de este cuento es el juego. A través del juego, dice Johan Huitzinga, es como el hombre le da forma a su existencia. Bolívar Echeverría distingue tres figuras principales que adoptan la posibilidad de la existencia en ruptura, las cuales son: el juego, la fiesta y el arte. Kinsley, por su parte, plantea que el juego y otros comportamientos lúdicos, como bailar, cantar, el frenesí emocional y la locura, significan que el ser humano ha agotado su naturaleza pragmática-utilitaria y ha entrado a otro ámbito de libertad. El juego es, pues, una forma de liberación que derrumba lo preconcebido y genera un nuevo camino.

La literatura ha logrado ver todo el significado del juego, lo ha visto más que como una ficción; lo ha visto como un camino, como un medio de conocimiento. Elena Garro elige precisamente este camino, camino a través del cual las dos niñas protagonistas adquirirán paulatinamente un nuevo saber.

El día, como nos narra Garro, inicia de forma anormal, pues son dos días dentro de un día, es decir que desde el inicio del cuento se nos habla de una bifurcación del tiempo. El primer tiempo es el tiempo cotidiano, mientras que el segundo tiempo es un tiempo diferente, un tiempo mítico al que las niñas tendrán acceso a lo largo del relato.

A través del juego, ellas se introducen completamente en dicho tiempo mítico, dejando de lado el otro tiempo. El tiempo que han dejado de lado, es ese tiempo donde, describe Garro, el peso de la casa les cae encima. Así pues, en el nuevo tiempo las propiedades no son un gran peso (se han salido de su naturaleza pragmática-utilitaria), éste es el tiempo sin tiempo de los perros, el tiempo de la inconsciencia donde habitan todos los animales.

Para iniciar el juego, las niñas eligen sus nombres de perro, la primera decide ser el Cristo y la segunda, el Buda. No es casual la elección de dichos nombres, puesto que están ingresando a un tiempo sagrado.

Así, las niñas se unen a Toni, el otro perro de la casa, y a su lado se quedan jugando, mientras los demás, los sirvientes, permanecen en el otro tiempo, como bien explica el cuento: “Nadie vino a visitar el día del Toni, del Cristo y del Buda. La casa estaba lejos, metida en su otro día”.

Finalmente, los dos perros (es decir las niñas) deciden salir de la casa, el Toni no puede acompañarlas porque está atado. Mientras pasean en su estado animal se topan con una pelea y ven cómo un hombre dispara a otro que cae muerto mirando al cielo. Las niñas permanecen observando en silencio, pues no comprenden lo que ha pasado y cuando les preguntan si han visto lo ocurrido sólo responden: “guau, guau”. Como son perros aún no comprenden el gran significado que presenciar este crimen tendrá en sus vidas.

El mundo del hombre, dice Octavio Paz, es el mundo del sentido1, pero el mundo de los animales es un mundo en el que nada significa, en el que, como dice el cuento, “Rutilio (el sirviente), su silla, el quinqué y el muerto (quedan separados)… por una raya invisible.” Así todo, desde lo más insignificante, como una silla, hasta aquello que determina la vida de los hombres, que es la muerte, pierde valor.

Tras volver a casa, las niñas cenan en el círculo de los sirvientes y luego estos las llevan a dormir, pues parecen borrachas de sueño, porque, dice el cuento: “En el suelo del día de los perros, había cochinillas que se iban a dormir. El sueño de las cochinillas era contagioso y el Cristo y el Buda acurrucados sobre sus patas delanteras, cabecearon”.

 

Finalmente las niñas son recostadas en sus camas y, al cabo de un rato, despiertan sobresaltadas, pues el día paralelo está allí a mitad del cuarto. De pronto, las niñas salen del tiempo de los perros y se encuentran de vuelta en el tiempo humano: lleno de miedos, de soledad, de ruido de brujas que acechan, de moscas que se paran en las heridas de los muertos y, sobre todo, de muerte. El muerto que han visto les ha brindado la consciencia como robar la manzana les abrió los ojos a Adán y a Eva.

Cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, Dios los condenó a la muerte y colocó junto al árbol de la vida a un ángel guardián. Lo que separó, pues, a Adán y a Eva de los animales fue la conciencia de su condición humana y, como tal, la conciencia de su finitud.

“En el sueño – narra la protagonista- sin darnos cuenta, pasamos de un día al otro y perdimos al día en que fuimos perros”, es decir que, mediante la consciencia, han perdido para siempre el tiempo de la inocencia.

Las niñas entenderán, a través de este juego, que “El cielo de los hombres no (es) el mismo que el cielo de los perros.” Estas niñas comprenderán que están condenadas a ser humanas.

Elena Garro logra introducirnos, desde la mirada de las niñas, en la mirada de los perros, para después regresarnos, junto a ellas, a la mirada en contraste del tiempo humano, un tiempo que resurge con una intensidad mayor, un tiempo lleno de temor, un tiempo diferente del que las niñas partieron, pues ellas iniciaron un juego de forma inocente, pero cuando regresan al tiempo ya han dejado atrás su inocencia.

Tal vez es la primera vez en que el tiempo es en verdad tiempo para ellas, pues sólo mediante la consciencia de la muerte pueden ser conscientes de su finitud y, como tal, comprender la mundanidad del tiempo profano.

Éste es un cuento que se abre y profundiza, que nos muestra la realidad del tiempo y su contraste, nos muestra nuestra condición humana y nos dice que hemos perdido el paraíso.

¿Por qué (se pregunta Julio Cortázar) es que algunos cuentos perduran en la memoria? Piensen (dice él) en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más basta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre (o mujer) que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana.”

Me parece que el cuento de Elena Garro entra dentro de la descripción de cuento inolvidable que nos da Cortázar, pues se abre de lo pequeño hacia lo grande y nos muestra la esencia misma de la condición humana.