«La ciudad muerta” de Korngold

 

Por Víctor Daniel López  < VDL >

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Un vacío de recuerdos en toda la casa. Fotografías de momentos que ya no existen. Objetos de remembranza. El cabello de la mujer amada. Para no dejarla ir. Para retenerla. Que siempre esté presente. Un palacio levantado al dolor de la pérdida y la melancolía de un hombre que no puede aceptar la muerte del ser que más amó. El lugar más solitario de toda la ciudad de Brujas. Un mausoleo al sufrimiento del hombre y su soledad. Entre las callejuelas empedradas, sus angostos canales de agua fría, construcciones triangulares, y sus puentes de ladrillo y madera. La ventana más pequeña del mundo, dicen. En medio de todo, se levanta el obelisco a la ilusión por alejar las verdades que yacen a la oscuridad, entre sueños, detrás de las palabras que no queremos oír. El espectro de la mujer sigue atrapado en él, o él sumergido en su recuerdo. Y uno al otro no se deja ir. Él no acepta que se ha dormido para siempre. No se cree que haya muerto, que ya no está, y jura seguirla viendo, ve su rostro en los rostros de otros. Cree encontrar en otras mujeres a la misma mujer. La única. La irremplazable. La que no se marcha de una ciudad perdida, la ciudad muerta. Brujas muerta. La pequeña ciudad de la melancolía. Y donde en una simple habitación pareciera sobrar espacio, y aire. Todo está estancado. Pudriéndose. Los sentimientos marchitos. El amor, muerto.

Die tote Stadt” fue la tercera ópera que Erich Wolfgang Korngold compuso cuando apenas y tenía veintitrés años. ¿Quién puede saber a esa edad sobre la pérdida del ser amado, y el dolor insoportable de nunca más oír la voz, ni tocar las manos calientes, ni enredar las manos en su cabello enmarañado? El compositor alemán pone en Paul todo ese dolor y vacío que siente por la ausencia de Marie, quien siempre está presente en las dos horas y media de ópera, pero nunca canta, como los muertos. La protagonista vocal es Marietta, quien llega a la casa de Paul en su intento por seducirlo, pero él la llega a confundir con su Marie, y ahí es cuando ella comprende que él está completamente loco, que sigue hundido en el sufrimiento por la pérdida de su esposa y no ha sido capaz de superarla, y que quizá nunca lo hará (mein Sehnen, mein Wähnen, es träumt sich zurück). Entonces, la realidad se combina con los sueños, se mezcla con las pesadillas. Paul ya no sabe si está aquí o está allá, ni qué es aquello a lo que se llama “verdad”. La tonalidad pasa a la disonancia. Y la oscuridad, al vacío.

La parte más sublime de toda la ópera es sin duda alguna la hermosísima aria de Marietta (“Glück das mir verblieb”), en donde el dolor no puede ser más doloroso, y uno derrama lágrimas como las de Marie la muerta, Marietta la desamada, y Paul el perdido. Marietta le canta al amor que debe ser olvidado para sólo así abrir las puertas del corazón a recibir uno nuevo. El amor que se va, pero siempre se queda. La esperanza. Y el presente verdadero. No es extraño pensar que Korngold, con la sangre germánica dentro de él, compusiera esta pieza con toda la característica del lied. Un aria que asfixia para estremecer las fibras emocionales, llevándonos al éxtasis para luego dejarnos caer. Refinada, transparente. Y es precisamente el leitmotiv de esta aria el que nos perseguirá por las horas siguientes, hasta el final, sólo para recordarnos que el dolor por la pérdida es una canción triste, y el miedo, un monstruo que se aleja de la esperanza para no dejarnos seguir adelante.

 

 

 

Ésta se trata de una obra romántica tardía con algunos toques al puro estilo de línea melódica Pucciniana. Pero también justo en el límite de la modernidad con esos acordes disonantes tan característicos de Wagner y Strauss, y con leves indicios a la atonalidad del dodecafonismo. La historia de Die tote Stadt” se basa en la novela simbolista “Bruges-la-Morte” (“Brujas muerta”) del escritor belga Georges Rodenbach, publicada en 1892. El libreto es uno de los mejores en la ópera. Y la música, no pudo ser más perfecta. Quizá hoy en día no sea un título conocido ni tan representado en las casas de ópera, pero sin duda debería dársele más reconocimiento. Es un viaje a lo esotérico, a lo muerto. Uno viaja a la ciudad del pasado, y logra volver, para sólo darse cuenta de que se puede salir de esa habitación llena de recuerdos y espectros, para seguir adelante, volver a saber cómo vivir. Korngold fue un gran compositor, y no por nada es uno de mis favoritos, pues además de sus óperas recomiendo mucho escuchar sus obras sinfónicas, sus lieder, y aquellos extraordinarios conciertos para piano y violín, así como las inmemorables bandas sonoras que compuso para muchos de los filmes de Hollywood. Un compositor al que debemos darle una mejor posición en toda la historia de la música. Y en este caso, agradecerle por hacernos viajar a La Ciudad Muerta, y sentir el dolor como muy pocas cosas, o muchas, nos lo hacen sentir.

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