Por: Daniel Hernández García.

Pienso en tus cabellos esparcidos en la cama de alguna habitación de la ciudad, que se inflama con el roce de nuestros cuerpos, tus suspiros partiendo el aire y robándome el aliento, me pienso a mí en tu sexo, acariciando tu plano vientre, trapecio del deseo, tus chinos enredaderas de formas e ideas me hacen desearte una y otra vez. El deseo por verte a mi lado es cada vez más fuerte.

Nos citamos en la Casa del Lago, la esperaba acostado en el pasto, mientras observaba el lago verde, el canto de las aves calmo mis deseos y me hicieron dormitar, únicamente veía entrar una luz tenue por mis parpados, pequeñas imágenes sangradas pasaban por mis ojos. Una llamada interrumpió el trance, eras tú, te dije donde estaba pero no me encontraste, fui en tu búsqueda y ahí parada con tus largos chinos dándole volumen a tu cuerpo, me saludaste con una sonrisa que me hizo ver tu inocente alma.

Te sugerí buscar algo de comer, ya que no había probado nada desde la mañana, caminamos entre el ruido de los puestos de Chapultepec, que con dificultad me dejaban escuchar tu voz, dimos vueltas por los caminos del bosque hasta encontrar un lugar que aparento tener comida decente, nos pusimos al tanto de nuestros pasos, mientras un hombre nos traía comida semicruda, que molesto tuvo que calentarla, al regresarle el plato con sarcasmo, que después tuve que comer con la presente posibilidad de tener un gargajo del cocinero, idea que te dio mucha risa, tu risa que se conjugaba con el viento haciendo descansar mi alma y despertando mi apetito por ti, decimos ir a Casa del Lago para contemplarnos en la tranquilidad del lugar.

Nos sentamos sobre el pasto cerca del lago, observando y dejando que las palabras escurrieran de nuestros labios, para dar pie al juego de seducción que comenzaba con risas y miradas penetrantes de ambos, por un momento me quede callado admirando tu belleza; me preguntaste que me sucedía y dije lo primero que me vino a la mente para ocultad la verdad, – antes había más patos. Te reíste en mi cara, cosa que me alegro mucho, me acerque a ti lentamente buscando puerto en tu labios pero te contrajiste antes de tocar tierra, comenzaste a lanzarme hojas secas para mermar mis deseos por besarte, comencé a tocar tu cuello detrás de la cortina de chinos que caía de tu cabeza ocultando el punto donde enloqueces.

Se ahorco el sol dejando viva la noche, que se reflejaba bajo el cristal del lago, mientras los insectos se comunicaban con sonoros movimientos, nosotros lo hacíamos con palabras que perdían sentido al chocar entre ellas, comenzó a inflarse la gran pantalla, que proyecto la música de Kathleen Hanna tras Punk Bikini Bill, nos acostamos uno cerca del otro para ahuyentar el frio, tu posición dejo a la intemperie tu cuello que lentamente recorrían mis labios, mientras las yemas de mi tacto recorrían tu firme abdomen, dentro de tus labios se encontraba tu lengua, suave navaja con la que partiste mis nervios dejando fuera mi sexo, tus bellos erizados por la excitación me indicaron a donde ir, mientras tus manos me indicaban a donde parar; el punk comenzó a sonar de la voz de Kathleen, pero sus notas no entraban en nuestro refugio, pasto y piel ensamblados por las aberturas de nuestros cuerpos, donde se comunica el alma y parten los sueños, dejando escapar suspiros entrecortados, tu lengua jugaba con mi oído dándole humedad al sonido, rompimos el espacio entre nosotros escapándonos en una esfera transparente donde ambos nos reconocíamos, la superficie cristalizada de tus ojos me dejo ver el firmamento dentro de ti y la forma en que besabas me indico a tomarte con delicadeza para poder partir tu ternura y dejar salir tu lado salvaje. La noche comenzaba a evaporarse entre nuestro tacto que interrumpimos a darnos cuenta de la presencia de los demás hijos de la noche y ahí decidimos marcharnos bajo una cortina de marihuana y música punk.