Por Carlos Álvarez Rosas

 

 

Ex ungue leonem: al escoger sus modelos,

el escritor da la medida de su talla.

Stanislaw Lem

La crítica de libros inexistentes se ha convertido en una tradición, quizá no inaugurada por Borges, ni incluso por Rabelais, aunque sí continuada por Danilo Kis o Sergio Pitol. Y, de algún modo, Lejos de Veracruz de Vila-Matas se antoja una especie de curiosum, por cuanto la intención de su autor ha sido la de presentar no sólo el desarrollo de un libro inexistente —a saber, El descenso— sino, simultáneamente, la crítica del mismo o de él mismo.

            Aunque resulta aventurado expresar lo anterior, pronto se verá cómo Lejos de Veracruz, publicado por Anagrama en 1995, es una suerte de manipulación, en la cual se nos presentan una serie de entrampados.

            La diégesis es bastante sencilla, pero el modo en que logra desviar Vila-Matas la li-nealidad o continuidad convierte esta novela en una suerte de laberinto. Es por ello que el personaje principal —héroe, se lo ha llamado—[1] hará un viaje en descenso (dantesco), mientras es acompañado por Sergio Pitol (Virgilio), hacia esa tierra llamada Veracruz (infierno), cuya nostalgia nos ancla en su puerto.

Enrique Tenorio recibe una invitación para rendir homenaje a su hermano en la FIL de Guadalajara, mientras se encontraba cómodo en Barcelona, en el ático de Sant Gervasi. Allí cree oír voces que le aconsejan viajar y que luego, esa u otra voz, que se vuelve “misteriosa” “anónima” o “dictadora”[2] le aconseja que escriba un relato al que intitulará Es que soy de Veracruz. ¿Puede que acaso sea esto un síntoma del síndrome Quijano?[3]

A partir de entonces, el descenso está en proceso. Es preciso recorrer los intersticios de la narración para desentrañar cada estancia de este laberinto. Hay una suerte de doble viaje, que a su vez se duplica. El primero es el viaje a través de una geografía específica: de España a México;  Guadalajara, Veracruz y la Ciudad de México, para volver a Barcelona. El segundo es un viaje a través de la memoria: el pasado; y en el pasado otra topografía re-corrida: África, India, Bélgica; pero es preciso señalar otro viaje desdoblado en esos viajes, que es el de las lecturas.

Al concluir el primer breve capítulo, como si se tratara de una narración yuxtapuesta a la realidad del antihéroe, éste apunta: “Me he pasado el día celebrando que haya sido ca-paz, a primeras horas de esta mañana, de escribir de un solo tirón Es que soy de Veracruz”. Por lo tanto, se puede intuir que se trata de una trampa y que Es que soy de Veracruz es Lejos de Veracruz, como si se pensara que Enrique (personaje) y Enrique (real) son el mismo, es decir, el otro es el mismo.

Siguiendo el curso de la narración, sabemos que ha pasado un mes, porque Enrique se fue a México a pasar “el último mes de julio de su juventud”, y ya en agosto se instala en la isla de Mallorca gracias a la intervención de Marta, viuda de Antonio. Allí conoce a una buena familia, la familia de Felanitx, a quien irá relatando todo lo concerniente con ese viaje de descenso: la caída, las penurias, la muerte, la nostalgia, la frustración.

La travesía continúa: Enrique es el último sobreviviente de tres hermanos Tenorio:[4] Antonio, un cultista soberbio; Máximo, artista mórbido; y Enrique, en quien se personifican los tres. Así pues, huérfanos de madre, crecen bajo el cuidado de un padre que quiso ser poeta, pero que vio frustradas sus intenciones.

El espacio de Enrique Tenorio se vuelve hermético, ya en la pequeña estancia de S’Estanyol o en San Gervasi, incluso en la habitación del Majestic. Escapa del recuerdo para instalarse en el pasado inmediato, éste que se construye al auspicio de la ficción de Billie Upward de Pitol, con quien recorre su peculiar infierno.

En cada lugar realiza la labor de relatar (escribir) su pasado (o el engaño de un pasado). Recuerda cómo detestaba a Antonio por sedentario; a sí mismo por su nomadismo desventurado y cómo pierde el brazo izquierdo por fornicar con una australiana de senos grandes en la India; cuando se ve obligado a disparar y matar a un africano en defensa propia y cuando mató (otra vez) a un individuo por confundirlo con Dios.

Enrique Tenorio en la caída vertical como en el relato veneciano, puede ser otros, o todos, como afirma el argentino: “un solo hombre inmortal es todos los hombres”; y como sentencia Pitol: “el joven turista danés […] es el mismo joven levantino […] y también el esclavo de áspera pelambre”, para rematar fulminante, “Cada uno de nosotros es todos los hombres”.

Si el viaje de Enrique comienza en Veracruz acompañado de Pitol, regresa al final sobre sí mismo, una vez que ha sorteado las diversas muertes, para plantearnos la hipótesis de que es difícil descifrar las intenciones del texto, porque “su aparente hermetismo había sido creado con toda conciencia para configurar el clima de ambigüedad necesario a los su-cesos narrados y así permitirle al lector la interpretación que le fuera más afín.” O quizás nunca salió de ese ático y todo es pura imaginación convertida en viaje.[5] Después de todo, la mejor manera de escribir es viajar.